Era martes, uno cualquiera de noviembre, llovía tanto que las calles principales estaban desiertas. Es el mejor momento de la tormenta, cundo la ciudad se vuelve impersonal y finge una cobardía que acabas creyéndote.
Miraba por la ventana con su café en la mano, por fin uno de esos días grises que tanto le gustaban, qué podía esperar de un mundo donde llaman mal tiempo a la lluvia. Solía mirar cómo se mojaban las carreteras, cómo las gotas caían sobre la ciudad, inundándola y vaciándola al mismo tiempo, como sólo los buenos poetas saben hacer, cómo sólo las musas consiguen hacer.
Miraba por la ventana con su café en la mano, por fin uno de esos días grises que tanto le gustaban, qué podía esperar de un mundo donde llaman mal tiempo a la lluvia. Solía mirar cómo se mojaban las carreteras, cómo las gotas caían sobre la ciudad, inundándola y vaciándola al mismo tiempo, como sólo los buenos poetas saben hacer, cómo sólo las musas consiguen hacer.
Llevaba un par de semanas sin dormir sequía emocional decía. Noches en vela escribiendo ideas que no le inspiraban ningún futuro. Se terminó el café, cogió su abrigo, las llaves y empezó a andar. No sabía qué buscaba ni qué quería encontrar, no se paraba a pensar qué calles quería recorrer, simplemente seguía andando. Nunca llevaba paraguas los días de lluvia. Las nubes cubrían aquel martes de noviembre, él esquivaba los techos y sonreía cada vez que el frío recorría su cuerpo.

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