martes, 4 de septiembre de 2012

París desea que vuelvas.

El verano te pisa los talones,
los domingos se caen a tus pies,
el frío invade tu mirada,
los silencios llevan tu nombre,
y París desea que vuelvas.

La soledad incendia tus ojos,

las guerras que haces las pierdes,
la azotea recuerda tus lágrimas,
diciembre llora si tú lloras,
y París desea que vuelvas.

La ventana te echa de menos,

las ideas son más cobardes,
el otoño ya no sabe qué hacer,
Madrid olvida tus pisadas,
y París desea que vuelvas.

Las sábanas guardan tu olor,

las nubes te pierden de vista,
los escalofríos recorren tu espalda,
los truenos ya no son tan valientes,
y París desea que vuelvas.

El invierno olvida tu perfume,

la almohada sabe todos tus secretos,
los charcos amenazan con secarse,
la lluvia no se acuerda de tu risa,
y París desea que vuelvas.

La primavera huele a café,

las gotas ya no buscan tu piel,
la niebla se esfuma si no te ve,
enero nunca ha estado tan triste,
y mientras, París se muere porque vuelvas.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Julia

Se llama Julia y hoy voy a hablar de ella, de lo poco que le gustaba madrugar, de la niebla que había siempre en su mirada, y de sus ganas de invierno a todas horas. Voy a hablar de lo guapa que estaba cuando el viento la despeinaba, de cómo brillaban sus ojos grises cuando empezaba a llover, y de la cafeína que corría por sus venas todas las noches de octubre.

Quiero hablar de cómo la ciudad tiritaba de frío cuando ella lloraba, de lo enamorada que estaba de París y de las veces que salí a buscarla entre la lluvia. Hoy hace justo un año que Julia se fue, el cielo parece estar más gris que nunca y no he conseguido olvidar sus libros favoritos, ni su manía de ser alguien que no era en cada ciudad que visitábamos, y mucho menos olvidar su forma de bailar, joder, dejaba sin respiración a todo el que la viera. 

Sigo imaginándome en qué momento de la peli se reiría del triste prota que lo pierde todo por amor, e imagino la misma conversación una y otra vez, mi -¿cómo vas a perderlo todo si ella se queda contigo?- y su -ya, pero ¿cómo es tan inútil de creer que esa historia acabará bien? no hagas all in con una cosa así-, y soltaba su sonrisa cínica de siempre.


Pero no vengo a hablar de lo que mola hacer all in ni de lo poco que teníamos en común, sino de que olvidar a Julia es una misión destinada al fracaso. Al final me di cuenta de que ¨nuestro bar¨ siempre será mi favorito, que a mi tampoco me caía bien la actriz que ella odiaba tanto, o de que el programa que yo criticaba y con el que se reía en realidad no era tan malo. 

O puede ser que tal vez, a lo mejor, quizá, soy incapaz de odiar algo que le hacía reír.


Ahora veo que intentar sacarla de mi cabeza me rompía menos que pensar que no la tengo, que ya no duerme conmigo, y que ahora el café habrá que tomarlo solo.
Hoy quiero hablar del enero más frío que recuerdo, de cómo nos despedimos en la estación con el beso más triste del mundo, y de que es uno de los recuerdos más bonitos que he vivido.

domingo, 12 de agosto de 2012

Ahora llueve menos.

Ninguno de los dos quiso luchar contra lo gris de aquel otoño, desde entonces la nostalgia anda siempre pegada a sus zapatos, como si fuera dejando un rastro que deben seguir para que volver a casa. Pero no, la lluvia ha dejado de esconder sus secretos y no pueden pensar con claridad.

Nunca se lo han dicho a nadie, pero el frío les desordena el corazón cuando llueve. Ahora están solos, la cama está fría, el café sabe raro y llueve menos. Las mantas ya no calientan por las noches, sienten que el tiempo les ha ganado esta vez, y ya son muchas las batallas perdidas.

No saben cómo seguir, el otoño les vuelve a hacer daño, y recuerdan lo que fueron, los atardeceres, la nieve, los cigarros. Ambos dejaron de hacer locuras por amor y perdieron su guerra. Ninguno ha vuelto a bañarse en el mar mientras llovía, los días han perdido la magia que tenían, y ahora duelen casi tanto como echar de menos noviembre.

Tu escala de grises

Todo bien por aquí, hoy ha vuelto a llover y te he echado de menos, nada nuevo. Llevo así desde diciembre, ya lo sabes, desde que te fuiste, y contigo las noches de estrellas fugaces y deseos absurdos.

Supongo que recordarás cómo nos reíamos de lo rápido que iba la gente por la calle cuando hacía frío; vale pues ahora soy una de ellos, ha sido de repente, no sé muy bien cómo ha pasado, pero me he dado cuenta hoy cuando una niña con botas de agua nuevas se ha reído de mi por esquivar los charcos. Me he dado cuenta y no he frenado.  Me he dado cuenta y has aparecido en mi cabeza riéndote de mi sin mi.


Espero que te acuerdes también de los días lluviosos de peli, café y manta, y de esa escala de grises que asomaba por la ventana y que nunca logramos capurar en una foto.

Hoy me ha dicho que quiere que sepas que aún está ahí, que no volverá a haber otras vistas desde mi casa, que me está castigando por dejarte ir. Lo que no sabe es que no me importa, que ya me he acostumbrado, que me recuerda a ti.

Seguro que ya has tachado febrero del calendario, fuerte y con permanente, como siempre haces. Yo sigo odiando febrero, ya sabes, el mes corto y cobarde. Él tan veloz como siempre se ha metido en su agujero y yo sigo sin superarlo, creo que me pasa por querer conservar algo que ya no existe, pero créeme, no soy la única. 

Aquí todo te echa de menos: el espejo del baño, la alfombra, las tazas de café, la almohada, el cuadro del pasillo, las estanterías medio vacías, los cojines, hasta los electrodomésticos, que están casi tan rotos como yo, que aquí la obsolescencia les pasa la misma factura que a mi cada domingo. 

Aquí todo te echa de menos, 
o vuelves, 
o me mudo.

sábado, 11 de agosto de 2012

Ha dejado de oler a lluvia.

'Lo siento, ya sabes que cuando deja de oler a lluvia me pongo nervioso, me tiembla la voz y me pierdo. No te pido que me perdones, yo tampoco lo haría. Solo quiero que sepas que te quiero... adiós'.

Fue lo último que supe de él, el último de casi veinte mensajes que dejó en aquel viejo contestador hace ya dos septiembres, el único mensaje en el que se despedía, y el único que aún recuerdo perfectamente.
No sé porqué pero hoy de repente me he acordado de él después de dos años, tampoco lo he echado mucho de menos, aunque mentiría si dijera que no me partió y que no lloré. 
Quizá ha venido a mi memoria por culpa de la lluvia y de la fuerza con la que cae esta noche, justo como el día en el que lo conocí a la salida de aquel bar. Tal vez ha sido el olor al pasar por esa estúpida cafetería donde tanto me hizo reír, igual ha sido porque hoy he vuelto a ver la última película que vi con él, pero esta vez abrazando un cojín. O no sé, a lo mejor es porque ha dejado de oler a lluvia.



Los contras de vivir en Sur.

La lluvia me despertó aquella mañana de abril, durante ese tiempo de mi vida apenas dormía. Llevaba días esperando a que el agua volviera a cubrir la ciudad para poder ir al bar donde la vi por primera vez. Claudia siempre estaba allí los días de lluvia, nunca pactamos nada, pero sabíamos que nos veríamos allí. Hacía tiempo que no la veía, vivir en Sur tenía sus contras. Salí con prisa de casa, quería verla cuanto antes, recorrí las calles, esquivé a los conocidos y hasta cogí el atajo que odio para llegar directamente a la puerta del bar. Al entrar lo olí, era su perfume, lo reconocería donde fuera, dejé el paraguas en la entrada y la busqué, estaba en el rincón de siempre y leía el mismo libro que la última vez que llovió, de fondo sonaba Cœur de Pirate. Me acerqué y Claudia sonrió:

- Buenos días, acabo de llegar.

- Lo sé, he visto tu paraguas en la entrada.


No le iba a decir que lo sabía porque había olido su perfume al entrar, joder, lo que me faltaba, a ver si se asustaba y salía huyendo, quizás cuando tuviésemos más confianza... Claudia volvió a sonreír y me miró, tenía una de esas miradas que nunca he sabido describir, de las que pueden decirte mil cosas sin pronunciar palabra.

Algún día os contaré más sobre Claudia, pero por ahora sólo os diré que me rompió los esquemas en cuanto empezó a hablar de literatura, que el café le gustaba cargado, y que fue la culpable de que mis insomnios dejaran de ser anónimos.

- He pedido un café ¿quieres algo?

Me senté a su lado y deseé que lloviera todo lo que quedaba de abril.


Noviembre.

Era martes, uno cualquiera de noviembre, llovía tanto que las calles principales estaban desiertas. Es el mejor momento de la tormenta, cundo la ciudad se vuelve impersonal y finge una cobardía que acabas creyéndote. 

Miraba por la ventana con su café en la mano, por fin uno de esos días grises que tanto le gustaban, qué podía esperar de un mundo donde llaman mal tiempo a la lluvia. Solía mirar cómo se mojaban las carreteras, cómo las gotas caían sobre la ciudad, inundándola y vaciándola al mismo tiempo, como sólo los buenos poetas saben hacer, cómo sólo las musas consiguen hacer.

Llevaba un par de semanas sin dormir sequía emocional decía.  Noches en vela escribiendo ideas que no le inspiraban ningún futuro. Se terminó el café, cogió su abrigo, las llaves y empezó a andar. No sabía qué buscaba ni qué quería encontrar, no se paraba a pensar qué calles quería recorrer, simplemente seguía andando. Nunca llevaba paraguas los días de lluvia. Las nubes cubrían aquel martes de noviembre, él esquivaba los techos y sonreía cada vez que el frío recorría su cuerpo.